
Puerto Rico. Durante la semana del 16 de julio de 2019, diez jóvenes miembros de Dominican Young Adults USA viajaron a Puerto Rico para ofrecer su tiempo y sus talentos a las personas más afectadas por el devastador huracán.
Los jóvenes eran Eileen Connolly y Sal Ubaldini, del grupo de Molloy; Mary Elizabeth Dristle y Christina Maretzo, del grupo de St. Thomas Aquinas; Natalie Infante, Sinead Reilly y Nicolette Agresta, del grupo del Dominican College, y Solanyi Rodriguez, Suheily Rodriguez y Anamika Sharma Paudel, del grupo de Caldwell. Estos jóvenes forman parte del Movimiento Juvenil Dominicano, cuyo objetivo es continuar la tradición de predicar con la palabra y con la acción, poniendo en juego los talentos propios de cada uno.
Acompañaron a los jóvenes dos hermanas dominicas, mentoras de los grupos: Pat Stringer, OP, de las Dominicas de Caldwell, y Gina Fleming, OP, de las Dominicas de Amityville.
Durante la semana, los jóvenes ayudaron a reparar una antigua escuela (hoy convertida en un complejo de viviendas), cubrieron con mantillo los cafetos de una finca y visitaron un huerto orgánico dirigido por un ambientalista de 16 años. La semana comenzó con nuestra llegada al aeropuerto de San Juan el martes por la tarde. Después de esperar para recoger el vehículo que usaríamos durante la semana, una furgoneta de 15 plazas, una de nuestras hermanas dominicas de Puerto Rico nos acompañó hasta la casa de retiros que sería nuestro hogar esos días. Hubo muchas paradas en el camino (almuerzo, compras en el supermercado, gasolina, etc.), pero finalmente llegamos a Mariaco hacia las 8:00 de la noche. Mariaco es una de las zonas más remotas de la isla de Puerto Rico y se encuentra en lo alto de la montaña. No hace falta decir que fue un viaje largo y lleno de curvas, sobre todo de noche y, más aún, conduciendo un vehículo de 15 plazas con 12 personas y montones de equipaje. ¡Sin duda es una experiencia que no olvidaré pronto!
A la mañana siguiente bajaríamos la montaña hasta nuestro lugar de trabajo en Bartollo, a unos 40 minutos. Para disgusto de los estudiantes, cada mañana tenían que levantarse (a veces con un poco de insistencia) a las 7:15, preparar el desayuno, prepararse el almuerzo (que debían llevar cada día al lugar de trabajo) y estar listos para salir a las 8:15. Todo un reto para unos jóvenes que estaban de vacaciones… pero se portaron como unos verdaderos valientes y siempre estaban listos para partir.
Llegamos a nuestro primer lugar de trabajo temprano a la mañana siguiente. Era una escuela ocupada por 12 familias que habían quedado desplazadas tras el huracán. La escuela llevaba más de un año cerrada y, con algo de ayuda, las familias la habían convertido en pequeños apartamentos. Aunque ahora tenían un techo, quedaba mucho por hacer para arreglar el lugar. Como había tantas cosas que hacer, el grupo se dividió en parejas para empezar a abordar las tareas. Allí los estudiantes tuvieron la oportunidad de hacer todo tipo de trabajos: limpiar las antiguas aulas (que se usarían como espacios de reunión, salas de juego para los más pequeños y un depósito para donaciones como ropa, alimentos enlatados, zapatos, etc.), pintar los pasillos y las paredes exteriores del edificio, quitar la maleza, rastrillar y cortar el césped del terreno, además de sembrar nuevas plántulas en el huerto orgánico que se acababa de poner en marcha. Los jóvenes, muchos de los cuales no se conocían antes de este viaje, empezaron a trabajar codo con codo y enseguida se llevaron muy bien. Aunque a veces hacía muchísimo calor y el trabajo era agotador, todo se hizo en un maravilloso ambiente de risas y diversión. Además de la escuela, visitamos a un conocido caficultor de la montaña.
Después de conocer un poco la historia de la zona y de escuchar las dificultades de cultivar café en la isla tras el huracán, los jóvenes subieron la montaña para ver los cafetos y ayudar al señor a cubrir con mantillo los árboles recién plantados. Como recompensa por su trabajo, bajaron de la montaña y disfrutaron de una taza de café recién hecho: desde el grano, pasando por el tostado y el molido, hasta la cafetera, todo delante de los estudiantes. ¡Fresco, fresquísimo! Todos disfrutaron a fondo del fruto de su trabajo.
En otra ocasión visitamos otra escuela, en Yauco, que el gobierno había abandonado y de la que se había hecho cargo un joven ambientalista de 16 años. José, junto con algunos de sus compañeros de clase, ganó un concurso patrocinado por la NASA. Su proyecto «Cómo cultivar verduras en el espacio» le valió un premio de 25 000 dólares del gobierno federal. Con ese capital ha puesto en marcha una granja orgánica en un terreno que se creía totalmente infértil. Dedicó mucho tiempo a hablar con los estudiantes sobre la importancia de seguir sus sueños, mientras les mostraba cómo había hecho realidad el suyo. Les dijo: «Tenemos que hacer todo lo necesario para salvar nuestro planeta para las generaciones futuras. Este proyecto es solo un pequeño comienzo».
Como era de esperar, los estudiantes quedaron maravillados por su entusiasmo, su sentido de propósito y su manera humanitaria de pensar. Después de plantar sus propios cafetos, ¡compartimos con José y su familia un gran banquete de comida hispana! Cada dos noches, después de la cena, los jóvenes se reunían para rezar y hablar de su día: qué o quién los había conmovido, y dónde podían haberse encontrado con Dios en su experiencia; un pequeño ejercicio de reflexión teológica y contemplación, por así decirlo. Como te imaginarás, la oración y la reflexión fueron intensas cada noche. Distintas ramas de la familia (religiosas de votos y Dominican Young Adults) trabajaron juntas para que esta semana fuera una experiencia positiva para todos. Los estudiantes disfrutaron de su tiempo en la isla y de estar con la gente. Ninguno de nosotros lo hizo todo, pero todos hicimos nuestra parte.
Por supuesto, nuestra estancia no habría estado completa sin un poco de diversión en esta hermosa isla, así que los dos últimos días tuvimos la oportunidad de alojarnos en San Juan. Nos recibió un maravilloso grupo de Hermanas de la Caridad, que no pudieron ser más hospitalarias. Sabíamos que había protestas por todas partes, pero las hermanas nos ayudaron a movernos por la ciudad de forma segura. Para cerrar nuestro tiempo en Puerto Rico fuimos a una de las preciosas playas puertorriqueñas y al maravilloso Viejo San Juan. Todos lo pasamos muy bien.
Pronto llegó la hora de despedirse. Nuestra semana de voluntariado había terminado y nos preparamos para dejar la isla. Era bonito saber que dejábamos los lugares de trabajo, en especial el improvisado complejo de apartamentos, en mejores condiciones que cuando llegamos. También era bonito saber que todos, cada uno a su manera, habíamos contribuido a «continuar la predicación» en nuestra propia vida y en la de las personas que conocimos en Mariaco, Bartollo, Yauco y San Juan.
Queremos agradecer a todas nuestras hermanas de Puerto Rico sus oraciones y su ayuda para organizar nuestro viaje de servicio a la isla. En particular, la hermana Lissie Aviles dedicó mucho tiempo y esfuerzo a preparar el viaje. ¡GRACIAS POR TODO!
Para más información, comunícate con:
Hna. Gina Fleming, 842-6000, ext. 308
Directora del Dominican Youth Movement USA, 555 Albany Avenue, Amityville, NY