
Durante la colonización de América, en el siglo XVI, cuando los frailes predicadores de La Española (Antonio de Montesinos, Pedro de Córdoba, Bartolomé de las Casas y otros) se dieron cuenta de que la dignidad y los derechos de los pueblos indígenas no se respetaban y eran violados, su predicación contra esas prácticas no fue bien recibida por quienes tenían el poder, entre ellos muchos responsables de la Iglesia. Para apoyar su misión, los teólogos de Salamanca, encabezados por Francisco de Vitoria, emprendieron una investigación teológica que llevó a formular principios y leyes capaces de proteger la vida y la cultura de los pueblos olvidados, explotados y despojados.
Del mismo modo, el Proceso de Salamanca designa una manera de hacer investigación teológica que pone la teología al servicio del derecho y de la promoción del respeto a la dignidad humana, tanto en su dimensión individual como social. Por eso propone un diálogo constante entre, por un lado, predicadores y teólogos y, por otro, personas de otras disciplinas (sobre todo del derecho y de las ciencias sociales), junto con aquellas cuyos derechos y dignidad no se respetan, para discernir las palabras y las acciones de Dios que hacen falta para responder con eficacia a las situaciones de sufrimiento y marginación de hoy. Esto debería hacer posible un diálogo más profundo entre Dios y el mundo, condición para unos estudios teológicos auténticos.

El Proceso de Salamanca subraya además la importancia de unir nuestra vida intelectual y nuestra vida apostólica, nuestro estudio y nuestra misión, como dimensión integral de nuestra espiritualidad dominicana. En otras palabras, para que el diálogo entre Dios y el mundo sea fecundo, todo nuestro estudio debe orientarse a anunciar la Buena Noticia respondiendo a las preguntas que se plantea la gente en nuestros contextos locales y en el mundo entero.


