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Jubileo Dominicano

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El IDYM (Movimiento Internacional de Jóvenes Dominicos, por sus siglas en inglés) es un camino para el seguimiento de Cristo.
 
En el IDYM queremos, con la Orden de Predicadores (Dominicos) anunciar el Evangelio ahí donde cada uno de nosotros se encuentra y desde luego, principalmente a los jóvenes. Predicamos apoyados en el ejemplo de Santo Domingo y el de sus primeros hermanos.
Santo Tomás de Aquino resumió en algunas palabras la intuición de Santo Domingo: “Contemplari et contemplata aliis tradere” (Contemplar y llevar a los demás lo contemplado).
 
La predicación dominicana incluye varios aspectos:
 
                Es una predicación itinerante.
Santo Domingo predicaba en todo lugar, en las calles, en las iglesias, en los albergues, en los caminos… por ello, nuestra predicación no está atada a un lugar en particular. El anuncio al estilo dominicano necesita una gran libertad y capacidad de movilidad. Cada uno de nosotros puede ser predicador en cualquier lugar, en nuestras casas, universidades, lugares de trabajo, parroquias, asociaciones, etc.
 
                Es una predicación de vocación universal.
Apasionados por el Evangelio buscamos anunciarlo a todos sin distinción de personas y por todos los medios a nuestra disposición.
 
                Es una predicación basada en la palabra pero también en el ejemplo (Verbo et exemplo).
“Los hombres de hoy tienen más necesidad de personas ejemplares (testigos) que de maestros”, escribía el papa Pablo VI. En el IDYM intentamos poner siempre en práctica aquello que anunciamos. El ejemplo que damos es lo primero que los demás ven y es lo que dejamos en la gente con la que nos encontramos.
 
                Es una predicación compasiva.
Domingo lloraba cuando pensaba que había algunos que solamente contaban con las propuestas de los cátaros para calmar su sed de verdad y soñaba con los miles de personas que no habían recibido el anuncio de Buena Nueva. Su amor y compasión por esas almas lo empujaron a tomar el camino de la predicación y conducirlas a descubrir el verdadero rostro de Cristo. Ese es el mismo anhelo que nos lanza hoy hacia nuestros contemporáneos. Para Domingo no había ninguna necesidad, ya fuera espiritual, moral o material, indiferente. Sus biógrafos nos dicen que, contrariado por la miseria de los habitantes de la ciudad de Palencia, vendió sus libros, aún cuando le eran indispensables para estudiar, y donó el dinero recibido a los pobres y su ejemplo movió a los demás clérigos de la ciudad a hacer lo mismo.
Como él, nosotros deseamos ponernos al servicio de nuestros hermanos, con principal atención a los más débiles y a los que más sufren entre nosotros. Por lo tanto, nuestra predicación está vinculada con la justicia y la paz.
 
Nuestra predicación descansa sobre tres pilares: la vida fraterna, la oración, el estudio.
 
La vida fraterna:
 
Para Santo Domingo, la vida fraterna es la primera de todas las predicaciones y es la fuente de la misma predicación: los primeros conventos se llamaban “casas de predicación”. En nuestros grupos del IDYM, también estamos unidos por la comunión fraterna.
Aunque no vivamos juntos, a la manera de los hermanos dominicos y las hermanas dominicas, tenemos una verdadera vida fraterna. Compartimos la fe, nuestras dudas y nuestras esperanzas. No formamos una pequeña isla cerrada en sí misma. Los encuentros internacionales, propuestos por IDYM aumentan nuestros propios horizontes. No nos sentimos miembros aparte de la gran familia dominicana. Junto con los frailes, las monjas, las hermanas y los laicos de la Tercera Orden, nosotros somos predicadores. En tanto que cristianos bautizados nos sabemos hijos e hijas de la Iglesia, llamados a ser, donde quiera que estemos, miembros de un solo y mismo cuerpo.
 
La vida de oración:
 
Santo Domingo oraba sin cesar. Jordán de Sajonia, uno de sus biógrafos, narra que “pasaba los días y las noches incansablemente en la oración”. Mientras más grande era el contacto con la gente, más urgente se hacía el diálogo con Dios y mientras más profundo era el diálogo con Dios, más se intensificaba su contacto con la gente. Es en la oración donde encontramos la fuerza para partir a la misión. La oración es la condición necesaria para nuestra transformación interior. Buscamos en nuestra vida cotidiana dar el primer lugar a Cristo.
En medio de nuestras múltiples actividades y ocupaciones deseamos dedicar un tiempo para Dios, intentamos hacer silencio para dejarnos trabajar interiormente por Él. Con los otros miembros de la Juventud Dominicana compartimos el tiempo de oración, en particular con la celebración de la Eucaristía. La Orden de Predicadores siempre ha mostrado cercanía profunda a la Virgen María. La tradición nos dice que Santo Domingo recibió el rosario de las manos de María. Nosotros nos confiamos a la protección de la Madre de Dios, en particular a través del rezo y meditación del rosario.
 
El estudio:
 
Las Constituciones de 1220 afirman que el estudio nos hace “capaces de ser útiles al alma del prójimo” (Prologo, 1220). Amorosos de la Palabra de Dios, buscamos dejarnos transformar por ella. Juntamos meditación y estudio, personalmente y en grupo. La Juventud Dominicana nos ofrece una formación intelectual y espiritual y nos permite profundizar nuestros conocimientos, sobre todo en Teología y Espiritualidad Dominicana.
 
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