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"Nuestra  misión   no  termina  nunca"

 

Entrevista a la Hna María Rosario Pagola,  Misionera Dominica del Rosario

República Democrática de Congo   

 

            ¿Por qué una pamplonica como tú se hace misionera?

            Yo era una muchacha que tenía la vida resuelta. Trabajaba en un comercio de Pamplona [España], la ciudad donde nací. En una boutique llamada Nagore. Y, en cuestiones de fe, no era precisamente muy practicante que digamos. Me gustaba -¡y mucho!- la juerga. Eso, si. Ya lo creo que me gustaba. Todos los fines de semana me iba de parranda con la pandilla. Hoy, a tal baile: mañana, a tal verbena. Siempre de bulla y guateque con mis amigas y amigos… siempre encontrábamos tiempo y lugar para la fiesta, la jarana. Nos lo pasábamos genial. Pero…

            ¿Pero?

            Pero, en el fondo, me notaba incompleta. Sentía que algo necesitaba. Mi espíritu cojeaba. En los momentos de silencio y quietud, siempre afloraba la misma sensación:  era una pura desazón. Yo barruntaba que, dentro de mí, tenía un vacío muy grande. Algo me faltaba. Y, como san Pablo, también yo sufrí mi particular caída del caballo.

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Pero aquella no fue una conversión pacífica del todo…

Ciertamente. Por aquellos días, todos los periódicos y emisoras hablaban de un suceso que conmocionó a la opinión pública: el de los mártires del Congo. A mí, también. Y resultó que, entre los fusilados y decapitados, había cuatro Misioneras Dominicas del Rosario, tres de las mártires eran navarras: Justa, Cándida y María del Buen Consejo. Y la cuarta, de León: Olimpia. Fue el 25 de Noviembre de 1964. Yo acababa de cumplir los 17.

Seguí con sumo interés todas las noticias sobre la suerte de aquellas misioneras. Y, dentro de mí, a cada paso, seguía aflorando, sobre mi conciencia, el runrún de si mi vida tenía sentido. Y, al cabo, decidí llenar ese enorme vacío que crecía sin parar. Y opté por emular a aquellas mujeres, navarras, como yo, que habían decidido compartir su suerte con los más necesitados del pueblo africano. “Ellas al menos, han hecho algo –decía para mis adentros-. No han gastado en vano sus vidas”… Y, finalmente, me decidí. Opté. Quise ser Misionera Dominica del Rosario.

 

¿Cuánto tiempo en Togo?

En total, diez años. Cuando llegamos a la región Akebou, a la diócesis de Atakpamé, los lugareños no conocían al hombre blanco. Tampoco sabían de vacunas. Y los más pequeños se nos morían a cada paso. Caían como moscas, por culpa del sarampión. Teníamos el dispensario en el poblado de Djon y Kotora, donde vivían unas 600 personas. Pero también nos ocupábamos de visitar los otros 32 poblados de la región, para hacer medicina preventiva, porque el hospital más cercano estaba a más de 70 kilómetros.

 

Las condiciones de vuestro trabajo eran muy precarias…

Tan es así que un médico, al vernos trabajar, nos regaló una excelente lámpara de minero que nos ayudó a afrontar con más soltura las urgencias nocturnas, que no eran pocas. Entonces, pudimos dejar atrás nuestras tenues y mortecinas linternas. Y, más adelante, gracias al reportaje que escribió un periodista alemán, impresionado por lo que había visto en África, nos financiaron la instalación de seis placas solares… El día que funcionó la luz todo el pueblo salió a la calle para ver el  “milagro” : “¡Luz!, ¡luz!, en el dispensario. Entonces, si que podíamos trabajar por la noche. Vivimos grandes milagros en aquel dispensario: ¡tantos niños y tantas mujeres salvados!, ¡tantos niños nacidos!... Y ¡tanta alegría!

 

Y, tras una década, ¿tu trabajo en Togo terminó?

Y vuelta, otra vez, al Congo

Sí. En septiembre de 1994, me piden que vaya, otra vez, a Kinshasa, para ocuparme de la formación de las junioras y para trabajar en otro dispensario.

Y de nuevo en la periferia…

Sí. Siempre en la periferia de esa gran ciudad que acoge a más de diez millones de habitantes.

Vives cerca del antiguo dispensario que, ahora, ya es un hospital hecho y derecho…

No tan cerca. El hospital, que cuenta con 50 camas, maternidad, cirugía, medicina general y medicina preventiva está a unos 15 kilómetros de mi casa: en el barrio de Pumbu.

¿Cuántas hermanas en tu comunidad?

Tres congolesas y yo.

Y ¿qué hay de los presos? ¿Aún haces compatible la atención hospitalaria y la carcelaria?

Por supuesto que sí.

 

Háblanos un poco de la cárcel, aunque tengas que hacerlo a grandes rasgos.

La cárcel es la cárcel de Makala. Está construida para acoger a 1.500 reclusos. El pasado verano, cuando vine a España por motivos familiares, había 7.400 presos. La gran mayoría, preventivos, a la espera de un juicio que nunca llega. Sus condiciones de vida, como la comida, son espantosas. Conseguir hueco para dormir en el suelo es un verdadero triunfo. Miden el suelo y se lo reparten, compran y venden… El pabellón 5, al que, desde el trágico terremoto del Caribe, llaman “Haití”, tiembla más que un flan. Y todo, por el sobrepeso que soporta al tener tantos reclusos “almacenados” allí. Cualquier día se viene todo abajo.

 

Tú, además, te ocupabas de trasladar a los presos.

Sí. Les extraía la sangre o recogía las muestras necesarias para ser analizadas en el laboratorio de nuestro hospital. Pero, cuando necesitaban una radiografía o una ecografía, no quedaba más remedio que trasladar al interno. Y, si no tenían dinero, como es la mayor parte de los casos, yo me encargaba de hacerlo en la ambulancia del hospital. Eso si, siempre acompañada por un montón de guardias armados. Sobre todo, cuando se trataba de un preso peligroso, o un detenido por el asesinato del presidente Kabila, padre del actual. Entonces, los guardias venían armados hasta los dientes. Era una verdadera odisea…

 

Si la corrupción, en la R.D. del Congo, está al cabo de la calle, ¿cómo es en la cárcel?

Pues imagínate: prostitución, droga, armas… Inseguridad total. Es como para echar a correr y no parar. Lo más curioso de la cárcel de Makala es que tú entras en la prisión y no ves a ningún policía en su interior. Son los propios presos quienes imponen su orden y su ley. Cada pabellón tiene su propio gobernador.

 

Precisamente en la cárcel de Makala se produjo el pasado mayo una fuga masiva de presos.

Sí. Al parecer, se fugaron más de 4.500 internos. Y todavía los están buscando. Los seguidores de la secta Bundu Dia Kongo derribaron un muro para liberar a su líder Mwana Nsemialli,allí detenido. Y aprovecharon la ocasión…

 

Es bien duro lo que, en nuestro tiempo, ahora mismo, está sucediendo en la República Democrática del Congo

Muy duro, sí. En la cárcel. Y fuera de la cárcel, también. Sales a la calle y nunca sabes si vas a volver. Son muchos los que sufren años de prisión por haber robado una gallina. Otros, mientras tanto, campan a sus anchas. También hay mucho preso político…

 

¿Tiene solución la R.D. del Congo?

A mí, lo que más daño me hace: ver un país silenciado. El silencio internacional es estrepitoso. Y allí no se salva nadie del pecado de complicidad, incluida la ONU y la propia España. Todas las multinacionales, de China, de Bélgica, de los Estados Unidos… están llevando a cabo una guerra económica callada, pero feroz. A toda costa están saqueando el país. Se pirran por su oro y diamantes, su uranio, su caucho y su madera. Y por eso la R.D. del Congo figura en la lista oficial de los países más pobres del mundo. Pero eso es una gran mentira. No es de los más pobres. Es, eso sí –y ¡escríbelo con mayúsculas! - ¡EL MAS EMPOBRECIDO!

 

Todavía queda mucho por hacer ¿verdad?

Ya lo creo.  Pero, a todos. Hoy, a los misioneros, a menudo, se nos cuelgan muchas medallas, y se nos corona con no pocas aureolas. Hoy, todos tenemos una misión que cumplir. Ni siquiera hace falta cambiar de país. La geografía ya no es condición imprescindible para practicar la fraternidad, para ayudar a los demás.


14. Nuestra mision no termina Rosario Pagola MDR

Hna María Rosario Pagola

Misionera Dominica del Rosario 

 
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