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Jubileo Dominicano

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Misión en la ciudad de la mandarina

Soy Edgar Amado Dejesús Toledo Ledezma, fraile dominico del Vicariato Anton Montesino en Paraguay y Uruguay. Estoy en la OP desde el 2002. Vivo en Asunción, en el Convento Santo Domingo Ra’ykuéra (hijos de Sto. Domingo en guaraní). Experiencias de misión y trabajo compartido hay muchas, pero quisiera compartir la última misión de verano que tuvimos con la familia dominicana del Paraguay en una localidad llamada Santa Elena, que a su vez es parroquia, diócesis de Caacupé, a unos 102 km de Asunción aproximadamente, conocida como la “ciudad de la mandarina”.

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            Era el segundo año de misión en Santa Elena, iniciamos el viernes 19 de diciembre por la tarde y culminamos el lunes 21 por la tarde también. Éramos unos 40 misioneros y misioneras venidos de varios lugares del país, incluso del Brasil. El grupo misionero estaba compuesto por jóvenes del MJD, de las Redes Vocacionales, hermanas de varias congregaciones, miembros de las fraternidades laicales y frailes. Era un buen grupo, lleno de ilusiones y con muchas ganas de compartir el Evangelio con nuestros hermanos más empobrecidos del interior del país.

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            El sábado por la mañana nos distribuimos las distintas comunidades entre los grupos que habíamos conformado la noche anterior. En mi grupo éramos 4, es decir, 2 parejas de misioneros. Se sumaron dos catequistas del barrio para “patear” con nosotros los caminos de tierra colorada en el verano de diciembre. El sol nos hacía compañía fuertemente durante todo el día.

            Las primeras casas a las que llegamos no nos recibieron tan bien, porque no nos conocían o no estaban enterados de que éramos misioneros católicos enviados por la parroquia. Luego la acogida fue cambiando… en todas las casas que llegábamos nos recibían felices, charlábamos un rato y luego les invitábamos a rezar con la Palabra de Dios, ocasión que aprovechaba para anunciarles la alegría inmensa de la buena noticia del amor y la misericordia de Dios. Ellos quizá no lo sabían conceptualmente, pero sí lo habían “vivido”, que era lo más importante.

            La mayoría de las familias del barrio “Potrerito” son trabajadores, campesinos que no tienen muchos recursos ni riquezas, pero tienen valores y actitudes ante la vida que nos mueven completamente…

            Una de las familias que visitamos me dejó profundamente impresionado. ¡Doña Marciana, la señora de la casa cuidaba a don Susano, su marido enfermo, que estaba postrado en la cama hacía 17 años! Nos recibió con mucha alegría e ilusión, nos hizo pasar a la pieza donde estaba su marido, nos presentó, nos habló de su situación… su historia, y ¡qué historia tenía aquella mujer de una fe impresionante!

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            Ella cuidaba de su marido que, a su vez, era conocido y querido por todo el barrio, ya que fue el catequista y el predicador de la capilla de la comunidad por largos años. La entrega, generosidad, alegría y el espíritu servicial de la abuela Marciana.

            Vivía con ellos una hija, la última de 8 hermanos, quien a su vez había hecho de sus padres ancianos, el centro de su vida. Ella también estaba feliz de que hayamos ido a su casa, a visitar y a rezar con sus padres, incluso fue una de las que empezó a acompañarnos y guiarnos en el barrio.

            Al salir de la casa de don Susano y doña Marciana, me quedé profundamente “tocado”, cuestionado en lo íntimo de mi ser. No dejaba de dar gracias a Dios por el testimonio de estos abuelitos, pero también me hacía reflexionar sobre el sentido de la vida, sobre lo que de verdad importa, sobre aquello que debería ser esencial en nuestras vidas…

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Como dominico sacerdote me tocó focalizarme en las casas de los enfermos y ancianos para llevarles la Unción y la eucaristía. A esta tarea me dediqué todo el domingo acompañado por la profe Raquel; una mujer comprometida hasta los tuétanos con su gente, directora de la escuela y coordinadora de la capilla. Recorrimos las polvorientas calles de tierra colorada en su moto, recorrimos caminos, senderos y potreros para llegar hasta los enfermos y abuelos más alejados. Conocía a la perfección el terreno. ¡Cuánta diversión fue aquello!

En mi rol de sacerdote, pude palpar de cerca las esperanzas y angustias de los enfermos y ancianos… en las oraciones, en la confesión y sobre todo cuando les pedía la bendición a ellos, luego de que yo les hubiera bendecido en nombre del Señor. La emoción estaba a flor de piel, las lágrimas solían presentarse con cierta normalidad en los enfermos y en mí también. ¡Qué misión más intensa fue aquella!

Por último, quiero compartirles que yo conocí la Orden misionando, predicando… desde que estaba en los grupos juveniles y misioneros. Fue lo que me atrajo a esta vida dominicana y cada vez que realizamos una misión “más intensiva”, siempre vengo recargado y con muchas más ganas de comprometerme, pero sobre todo haciendo más sensible a tantas necesidades de tantos hermanos y hermanas que viven en nuestro sufrido y querido Paraguay.

¡Anímate, joven a ser misionero, a caminar, a patear caminos y sendas, a encontrarte con gente que vive a Dios y te cambiará la vida!

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